“Aquí hay algunos que logran hacerlo,
que encuentran el coraje para convertirse en monstruos;
pero te sorprendería saber qué pocos son”
El País de las Últimas Cosas
Paul Auster
De la humanidad. Si una explosión atómica destruye todo, la búsqueda por un lugar donde vivir empieza a complicarse. Pero cuando gran cantidad de humanos desaparecen se hace difícil el cómo vivir. Los conceptos del bien y el mal validados socialmente carecerán de argumentos, o sea, de las personas mísmas. Por eso, en La Carretera, Viggo Mortensen necesita inventar y construir una concepción del bien. Dice a su hijo: “nosotros somos los buenos porque no comemos gente”.
El cine post-apocalíptico parece no tratarse de las relaciones humanas ni de sobrevivir. En estas películas los protagonistas luchan por no perder la cordura, no perder su “humanidad”, o al menos lo que entienden por esta, o lo que necesiten entender. Así, los supervivientes pelean por no dejar de ser humanos, por no ser animales, bestias, monstruos. En Mad Max, Mel Gibson pide la renuncia a su trabajo porque tiene miedo. No de los malos, sino tiene miedo de empezar a disfrutar, tiene miedo de convertirse él mismo en uno de los malos, de no tener cura.
Del cine. Desde el equipo de filmación hasta la sala de proyección las películas parecen tener un carácter grupal. Pero es en algunas soledades donde el cine se acentúa. La temática apocalíptica parece ser ideal para que esto suceda. Max, esta vez en la segunda parte, ve a lo lejos con sus binoculares un auto que escapa. Luego mira varios autos que lo persiguen. Después dirige la mirada hacia otro auto que escapa en diferente dirección. Desde los binoculares (cámara, ventana indiscreta) construye una situación de tensión que entendemos perfectamente sin que se pronuncie alguna palabra. No por nada Hitchcock hace su propio análisis del montaje, donde la mirada construye el espacio y la acción, en el vistazo de Tippi Hedren a la estación de gasolina en Pájaros, catástrofe aviar.
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